Mientras me abrazaba, deseé que el tiempo se detuviera. En ese instante, al refugiarme en sus brazos, todo lo exterior perdía sentido. Sus hombros fuertes me rodeaban, su respiración lenta acariciaba mi cabeza, su barbilla tocaba mi pelo y sus manos, con una suavidad reconfortante, recorrían mi espalda. Yo, que inicialmente no quería el abrazo, me perdí en esa sensación de seguridad y protección, en un lenguaje de no necesitaba palabras. De verdad, que me perdí. Y, como si hubiera transcurrido una eternidad, pues el tiempo se detuvo, me encontré abrazando a mi esposo también, como una respuesta primitiva, propia de nuestra humanidad. Y entonces, como si no pudiera evitarlo más, me escuché decir, con la voz cortada: “¡No me sueltes!”
Cuando reflexiono sobre el poder de un abrazo, recuerdo que hace ya un lustro, durante la pandemia del Covid-19, la humanidad se vio obligada a separarse, aislarse y abstenerse de los gestos más simples de cariño, como los abrazos. Fue entonces cuando comprendí aún mas la importancia de este gesto, algo tan elemental y humano, que a veces pasamos por alto.
Abrazar parece una expresión sencilla, que para algunos se vuelve trivial y rutinario, sin embargo, por experiencia sé que es mucho más que eso. En medio de la tempestad, un abrazo se convierte en un refugio de paz. En medio del frío, se transforma en un abrigo cálido. En medio del dolor, se convierte en un bálsamo que alivia. En medio de la victoria, en un aplauso que eleva el alma. En medio de la oscuridad, una luz que guía. En medio del temor, se convierte en un escudo protector. En momentos de pérdidas e incertidumbre, el abrazo es equilibrio, solidaridad y consuelo. Y en los momentos de éxtasis, un abrazo es un latido compartido, el pulso sincronizado de dos cuerpos que se hacen uno.
A algunos les resulta difícil expresar sus sentimientos a través del contacto físico, y esto puede reflejar vacíos emocionales que a menudo tienen raíces en la niñez. Otros temen abrazar, porque ya muchas veces lo hicieron y no fueron correspondidos, o incluso fueron traicionados. Pero abrazar es un acto de entrega: entregas y recibes, ayudas a aliviar el peso emocional del otro. Cuando abrazas expresas, aún sin palabras que estás ahí, que no estás solo.
Soy una persona que expresa sin limitaciones lo que siente. Entre mis lenguajes del amor se encuentran “las palabras de afirmación y el contacto físico” (según Gary Chapman, autor de Los cinco lenguajes del amor). He aprendido a recibir de los demás a través de abrazos, aunque no siempre sean muy dados a las palabras. Puedo sentir lo que alguien siente por mí cuando me abraza. Es una sensación única que, como un perfume delicioso, se queda impregnada en mi mente y en mi corazón. Porque abrazar es un lenguaje del corazón que no necesita palabras.
Hoy, te invito a abrazar a alguien. No solo por la necesidad de afecto, sino por la necesidad de esa persona. Mas allá de tu propia satisfacción, por el bienestar del otro. Mas allá de tu interés personal, por lo que realmente necesita el otro. Puedes dar un abrazo que derrumbe muros de tristeza y depresión, que acelere el corazón de quien lo recibe, que le haga sentir que no está solo, que puede enfrentar lo que sea que esté viviendo. Puedes ofrecer un abrazo que derrita esa fría muralla que alguien ha levantado a su alrededor. Y te aseguro que escucharás a alguien decir: “¡No me sueltes!” Porque, sencillamente, todos necesitamos, en algún momento ser sostenidos, mientras esperamos lo que nos aguarda en nuestro destino final: El Cielo.
«Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros. Ustedes deben amarse de la misma manera que yo los amo. Si se aman de verdad, entonces todos sabrán que ustedes son mis seguidores» (Juan 13:34-35 TLA)
¡Feliz y bendecida semana!
Con cariño,
Nataly Paniagua